El paludismo llegó a ser la enfermedad más importante del mundo. Los estudiosos señalan que tuvo su origen en el África y el Asia, mientras que en otras obras médicas se a sostenido que durante el siglo I antes de Cristo, Grecia se encontraba profundamente infectada. En Italia, en épocas remotas ya existía la fiebre, pues Livio da cuenta de epidemias semejantes a la malaria en el siglo V (antes de la era cristiana).El Dr. Edwin Ackeknecht escribió que la primera pandemia europea se registró en los años 1557-1558. Las continuas guerras yla gran extensión del comercio marítimo dieron lugar a un aumento de la enfermedad. Otros escritos hipocráticos abundan en conocimientos referentes al paludismo. Durante dos mil años se agregó poco al conocimiento de la enfermedad que aparece mencionada en obras de Platón y de Aristóteles y en médicos de épocas anteriores tales como Galeno.

USO DE LA TELAS METÁLICAS

Muchos jujeños recuerdan aún cuando sus abuelas o sus madres cubrían las camas con la tela de mosquitero como una manera de protegerse de la picadura de zancudos, portadores del paludismo. Esa costumbre tuvo su origen e un artículo que en 1882 el Dr. King leyó ante la Sociedad Filosófica de Washington en el que recomendaba el uso de telas porque sospechaba que los mosquitos eran los trasmisores de la enfermedad. En los anales médicos se considera que quien descubrió que los mosquitos eran los que trasmitían el paludismo fue Ronal Ross, médico del ejército en el Servicio Médico de la India que puso a prueba su hipótesis disecando miles de mosquitos hasta que el20 de agosto de 1897 descubrió en la pared del estómago de un mosquito de a las moteadas (Anofeles) que se había alimentado exclusivamente de un enfermo de paludismo.

LOS PRIMEROS ESTUDIOS EN JUJUY

En junio de 1891 el Dr. Eliseo Cantón, cirujano de la armada argentina en la campaña del Chaco y fundador de lazaretos en Tucumán, su provincia natal, concluyó su trabajo titulado El Paludismo y su Geografía Médica en la República Argentina. En su trabajo sostuvo que en ciertas comarcas de Jujuy el paludismo es no solamente endémico, sino que reina todo el año, con diferencia de intensidad, según los meses y estaciones. Con los departamentos del Norte y Oeste acontece todo lo contrario, no parece sino que su territorio se hallara en otra latitud que los pusiera a salvo de la influencia perniciosa de las fiebres palustres. Las vastísimas lagunas de los Pozuelos y Huayatalloc, sitas en la Puna jujeña, que durante algunos veranos suelen dejar grandes extensiones de sus lechos al descubierto no ocasionan un solo caso de paludismo.

LOS PACIENTES DEL HOSPITAL SAN ROQUE

En su trabajo el Dr. Cantón reflejó una estadística que había elaborado sobre los casos tendidos en el Hospital San Roque revelando que de 264 enfermos que habían ingresado en 1890, 17 eran de fiebre continua y 11 de accesos perniciosos, destacando que en la provincia no faltaban las formas larvadas del paludismo consistente en molestias que no eran constantes y podían ser sobrellevadas con facilidad.

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Hospital San Roque en la década de 1920

INVESTIGACIÓN Y CAMPAÑA DE ALVARADO

El Dr. Jobino Pedro Sierra Iglesias explica que los primeros en investigar las causas del paludismo fueron los médicos Guillermo Paterson, en San Pedro, en 1911 y Carlos Alberto Alvarado desempeñando el cargo de Director de la Dirección Regional de Paludismo de Jujuy.
Destaca que Alvarado, para llevar adelante sus observaciones estudió un plan muy riguroso. El primer paso consistió en crear una organización de trabajo, esto le permitió la elección del procedimiento considerado como el más apto para conseguir resultados. Dicha organización tenía en cuenta las características regionales del terreno y la psicología del trabajador criollo (trabajo individual y no en cuadrilla).

SE INICIAN LAS ACCIONES EN 1932

Carlos Alberto Alvarado inició las acciones el 1 de noviembre de 1932. Comprendían una zona que era más o menos la mitad del área periurbana de San Salvador de Jujuy que tenía entonces 16.000 habitantes. El área total se dividió en siete zonas de trabajo y como área de experimentación se eligió La Viña, considerada como el corazón del experimento. El área elegida se la dividió en seis “secciones” que eran las unidades del sistema. A cada una se la puso bajo la vigilancia y responsabilidad de un peón equipado con todos los elementos necesarios para realizar su tarea sin el auxilio de ninguna otra persona: máquina petrolizadora, expendedor de verde de París, pala, pico, machete, rastrillo, cepillo de plazabal, caja con tubos para recoger muestras de larvas, carpeta con croquis de la sección, libreta de partes y cuadernos de notas. El parte diario de trabajo del peón resumía la labor de un día y facilitaba la acción de control del jefe de zona.

LA SORPRESA DE ALVARADO

Relata el Dr. Sierra que la primera sorpresa de Alvarado fue que la inmensa mayoría de las muestras de larvas que recogían los peones pertenecían a una especie de anofeles agreste e inofensiva que no manifestaba tendencia a atacar al hombre, salvo en ocasiones excepcionales. Intrigado por los resultados paradojales que obtenía, Alvarado instó al personal a traer la mayor cantidad de larvas posibles. Su asombro enorme fue cuando empezaron a llegar muestras pertenecientes a la zona de playa y todas eran de Apseudopunctipennis, entonces fue cuando Alvarado exclamo: “hemos dado con el baluarte del enemigo” El Dr. Sierra hace notar que en el año 1934 el éxito obtenido en la ciudad de San Salvador de Jujuy fue sorprendente, no se registraron prácticamente infecciones primitivas en el perímetro bajo profilaxis a pesar de que se trató de un año espantosamente palúdico.

EL COSTO DE LA CAMPAÑA

Al referirse al costo de la campaña se hace notar que calculada en 16.000 la población de la capital jujeña, la campaña costó la suma de $ 55.318 (año 1935), lo que da un resultado de $ 3,33 per cápita, cifra que era menos de la mitad de lo que costaba el mantenimiento de las tan mentadas obras de saneamiento del Canal de Panamá que era de dos dólares per cápita.

ALVARADO PAGABA LOS PEONES DE SU BOLSILLO

En una época de sensualidad, cuando la función pública se encontraba devaluada por la falta de escrúpulos y de valores morales, consideramos importante reproducir una carta enviada por Alvarado a su colega el Dr. Sussini el 13 de diciembre de 1954 en la que explica cómo la falta de presupuesto no le impidió llevar adelante su campaña de lucha contra el paludismo.
Explica nuestro ilustre comprovinciano: “En el anhelo de llevar adelante la protección de Jujuy y sus alrededores, he echado a mano a cuanto recurso estuvo a mi alcance. Como el personal actual no es suficiente para la destrucción invernal de los criaderos existentes y no hay quien dé peones, he solicitado al Ministro de Gobierno el auxilio de los presos. Como no es posible tampoco hacerlos trabajar por la fuerza, les pago $ 0,40 por día, más una ración de 100 gramos de azúcar, 60 de yerba, 10 cigarrillos, 150 gramos de pan y 10 de hojas de coca, a cada uno.
“El azúcar me la regala un ingenio azucarero, los cigarrillos la fábrica de don Ángel Villagrán, de Salta, el pan y la yerba los comerciantes de ésta ciudad, solo compramos la coca”. “Nunca los presos han sido mejor tratados, todos quieren trabajar con nosotros, pero la falta de custodia suficiente (se dispone únicamente de tres agentes) hace que solo podamos contar con ocho jornales que me cuestan $ 3,20 por día. (Digo me cuestan porque hasta ahora los estoy pagando yo). “Los presos tienen por ley, casa, comida y ropa y ningún porvenir económico, se sienten en la gloria por el tratamiento que les damos, lástima que con ellos no se pueda contar siempre ni sean útiles más adelante cuando la división del trabajo por secciones impone la vigilancia individual del terreno. Como estoy muy lejos de ser hombre que pueda darse el gusto de invertir lo que no tiene en obras de bien público, le ruego que considere que el procedimiento que he puesto en práctica es moral y útil, y de encontrarse solución legal para pagar estos $ 3,20 ($ 4,00 con la coca) mientras Ud. me consigue el personal de aumento que he solicitado”. Fue un jujeño, Carlos Alberto Alvarado, quien, con su sabiduría y su vocación de trabajo y bien público terminó con el flagelo del paludismo en Jujuy y en el resto del país.